Sitios con reserva directa, precios que se mueven con la demanda y asistentes que responden en el idioma del huésped. Esto es lo que ya está construido — lo que sigue depende de lo que ustedes necesiten.
Manejo un alojamiento frente al mar en Same, Ecuador, desde hace tres años. Sé lo que es pelear por una reseña, sostener el precio en temporada baja y responder a las once de la noche.
Lo que les propongo no lo aprendí en un curso.
Lo construí porque lo necesitaba yo.
Esa propiedad es mi laboratorio: la estrategia de precios y la atención automática las probé primero en mi propio negocio, con mi propio dinero en riesgo.
Lo fija pensando en la plataforma. No es una acusación: es su modelo de negocio, y conviene entenderlo antes de dejarle el volante.
A la plataforma le conviene que todo se llene: más transacciones, más comisión. Cuando hay dudas, el algoritmo empuja hacia abajo — porque una noche barata vendida vale más, para ella, que una noche cara vacía.
Una herramienta alineada contigo mira tu estacionalidad, tus feriados, tu anticipación de reserva y lo que cobran tus vecinos reales. Sube donde hay demanda y sostiene donde la plataforma te haría regalar la noche.
Ingresos reales de «Al Pie de la Playa», la misma propiedad, sin agregar una sola habitación. De 2024 a 2025: +27%. El año en curso ya pasó los $11.000 a mitad de agosto y todavía le faltan cuatro meses —incluido diciembre, el segundo mes más fuerte del año. 2023 arranca en julio porque la propiedad abrió a mitad de año.
Cómo, en concreto. No es intuición ni es dejar que la plataforma decida. Es trabajar con herramientas de gestión de ingresos que existen fuera de Airbnb y que responden al dueño de la propiedad: temporadas propias, feriados del país, mínimos de noches que no dejan huecos imposibles de vender, y lo que cobran de verdad los alojamientos con los que compites. Con gusto les muestro el detalle en la reunión.
Booking y Airbnb cobran entre 15% y 25%. El huésped que ya te conoce —el que vuelve, el que llegó por recomendación— no debería costarte una comisión.
Doce sitios de hotelería construidos hasta hoy. Las tres muestras de arriba son direcciones de diseño, no plantillas cerradas: el sitio se arma sobre la identidad que ya tienen.
El miedo razonable con la inteligencia artificial es que le conteste una barbaridad a un huésped. Por eso este panel redacta, ordena y prepara — pero el último clic siempre es de una persona.
Construido para otro negocio. Este copiloto lo desarrollamos para una empresa que maneja decenas de conversaciones simultáneas con socios comerciales en dos idiomas. No es un producto de hotelería: es la misma maquinaria, y así se vería aplicada a la atención de huéspedes.
A veces el problema no se resuelve con una web ni con un chatbot, sino con una herramienta que hoy vive en una hoja de cálculo y en la cabeza de una persona.
Un surf camp de nueve personas, seis noches, tres habitaciones, con clases y traslado desde el aeropuerto. Cotizarlo a mano toma media hora y sale distinto cada vez, según quién lo haga.
Construido para otro negocio. Este cotizador lo hicimos para un estudio de arquitectura, que tenía el mismo problema con otra ropa: presupuestos largos, hechos a mano y distintos según quién los armara. La pantalla de arriba es cómo se vería traducido a un paquete de hotelería.
Carruseles y reels producidos en serie a partir de tus fotos y tu voz de marca, para que publicar no dependa de que alguien tenga la tarde libre.
Cobrar el depósito en el momento de la reserva, con tarjeta, sin pasar por la plataforma y sin perseguir transferencias por WhatsApp.
Ocupación, ingreso por habitación y anticipación de reserva en una sola pantalla — y con varias sedes, todas comparables entre sí.
Cada hotel tiene un cuello de botella distinto, y casi nunca es el que se ve desde afuera. Por eso vengo más a escuchar que a presentar: primero entender cómo funciona su operación hoy, y recién ahí proponer algo que valga la pena construir.
Cómo reservan hoy, quién responde los mensajes, dónde se pierde tiempo y dónde se pierde dinero. Eso no se adivina desde afuera: sale de la conversación.
Una sola cosa para empezar — la de mayor impacto y menor riesgo — con precio y plazo cerrados.
Algo funcionando y medible en semanas, no en meses. Si no sirve, se ve rápido y barato.